Los últimos meses había acumulado demasiado estrés en el cuerpo, y con la inauguración de un centro de masajes cerca de casa no parecía tener excusa para dilatar más en el tiempo dedicar unas horas a mi paz.

 

Entré en la sala asignada y, siguiendo las instrucciones, me desnudé, me tumbé boca arriba y coloqué la toalla sobre el cuerpo. No tardó en entrar el masajista. Me preguntó por mis hábitos posturales y si tenía alguna zona conflictiva en concreto o si quería el especial relajante para quienes, como yo, trabajaban delante del ordenador todo el día.

 

Me decanté por el especial, por eso de hacerle un homenaje a mi torturado cuerpo. Con música suave en el ambiente y luz tenue, comenzó masajeándome suavemente los hombros, el cuello, el cuero cabelludo, los brazos…

 

Centrándome en el roce de sus manos sobre mi piel estaba consiguiendo disipar todo lo demás de la mente. Solo visualizaba sus dedos, el aceite relajante que los ayudaba a deslizarse y lo bien que iba a dormir esa noche. Sentía su tacto ahora en los pies, con un magistral masaje que logró erizarme por completo, para después subir por la pantorrilla y los muslos. Me pidió que me diera la vuelta, y yo estaba tan cómoda con ese atractivo hombre que casi esperaba que, al sujetar la toalla, echara un vistazo debajo. No lo hizo. Con gran profesionalidad continuó masajeándome la espalda, bajando hacia las lumbares hasta llegar a los glúteos. La cantidad de tensión que puedo acumular en esa zona ni la imaginas; él lo notó y trabajó la zona con suave firmeza.

 

Estaba tan relajada… La mente comenzó a divagar, con ese masaje me estaba relajando, pero también excitando. Imaginaba los dedos de mi hábil masajista internándose accidentalmente entre mis nalgas, mis caderas elevándose sutilmente como invitándole a repetir el accidente, esta vez con intención de un mayor roce. Y lo sentí, quizá leyera mi mente, pero sus dedos, mientras masajeaban mi culo, lo abrían con suavidad, acariciando el ano con el dedo gordo en cada pasada.

 

Me quedé inmóvil, tímida y embargada por el morbo. Me limité a dejarle hacer y disfrutarlo. Una de sus manos buscaba mi vulva, acariciándola e internando un par de dedos entre los labios, entrando después en mi lubricada vagina. Abrí ligeramente las piernas, intentado que pareciera casual. Él seguía estimulando mis orificios, con delicadeza, con maestría, provocándome pequeños gemidos imposibles de disimular. Movía las caderas como queriendo bailarle, pidiéndole más, pidiéndole todo.

 

Introdujo un segundo dedo en mi ano y aumentó el ritmo en ambos orificios, asegurándose de que, mientras, obtenía una buena estimulación en el clítoris. No podía creer que estuviera a punto de orgasmar doblemente en las manos de un extraño. Me aferré con las manos al borde de la camilla y comencé a susurrarle lo cerca que estaba, suplicaba que no parara. Bajó la boca a mi culo y lo mordió fuerte sin dejar de mover rítmicamente las manos, detonando con ello la explosión entre mis piernas y una serie de placenteras convulsiones.

 

Di un fuerte bote con la última convulsión. “¿Estás bien?”, me preguntó. Por suerte, continuó hablando antes de que pudiera responderle: “Te has quedado dormida un buen rato, ya creía que habría que ponerte el despertador para mañana”, sonrió.

 

“Sí, es que…tienes muy buenas manos y me he relajado mucho…”, le contesté. No era ninguna mentira, solo que en mi mente sus manos habían hecho mucho más por mi relax. Ahora me intrigaba si todo era mi imaginación, o si realmente tendría dicha habilidad. “Oye, ¿te apetece tomar algo cuando salgas de trabajar?” le pregunté. “Por qué no, así podremos…eh…hablar sobre unos ejercicios que te vendrán muy bien y disfrutarás”, apuntilló con una mueca pícara.

 

 

“Que sean los del sueño, que sean los del sueño…”, deseaba una y otra vez. Con ejercicios así, quién se resistiría a ellos…