Esta no era la primera vez que invitaba a Alex a casa, ni siquiera la primera en que mis intenciones, y las suyas, iban más allá de pasar un rato junt@s. Pero sí era la primera ocasión en la que podíamos dejarnos de tonterías y de fingir que estábamos en mi casa por algo diferente a nuestra incendiaria tensión sexual. Había quedado claro, tras el relato de Alex con su profesor artesano, que el horno estaba bien caliente y preparado para todo.

Alex y yo solíamos compartir nuestras aventuras con el otro, pero no era frecuente que una de ellas me acabara excitando tanto como en esta ocasión. Quizá mi reciente sequía sexual y el morbo de su orgullosa bisexualidad habían servido de yesca para prender el fuego que me recorría.

— Levadura… ¿tienes? —preguntó entrando en la cocina.

— Eh… Si lo que necesitas es algo para que la “masa” suba… —desabroché mi camisa, dejando ver el pecho sin sujetador— ¿Esto sirve?

— Justo lo que necesitaba —afirmó acercándose y rozando suavemente mi piel, bajando los dedos de la clavícula al ombligo.

Con la mirada fija en mis ojos, paseaba sus manos por mi torso con suaves caricias, jugando a tiempos a colar los dedos por la cintura del pantalón, lo justo para acariciar las nalgas, lo justo para rozar mi vello púbico, lo justo para hacerme mojar con una intensidad y facilidad inusitada.

Metí las manos en su pantalón y le agarré el culo atrayéndolo hacia mí, notando que su excitación estaba, al menos, al nivel de la mía. Acerqué el dedo corazón a su ano y lo acaricié estimulándolo, introduje el dedo despacio. Nuestros labios frenéticos no se despegaban mientras las manos satisfacían cada rincón que alcanzaban.

Apoyada en la encimera me bajó los pantalones con delicadeza, disfrutando del ansia que desprendía mi mirada. Al quitarlos se incorporó, me sujetó una pierna con el brazo, me besó el cuello y, con esa sonrisa de excitante malicia pervertida en los labios, me penetró duro y profundo de un solo movimiento de cadera. Exhalé un fuerte gemido y mi sonrisa copió a la suya invitándole a repetir la operación.

Su cadera se movía con la soltura de quien sabe perfectamente cómo y a qué ritmo dar el mayor placer posible. La pierna que sujetaba su brazo se enroscó a su cintura a la vez que la otra temblaba clavada en el suelo, la unión terrenal para tan divino deleite. Alex tenía una mano firme en mi culo y la otra bailando con mi clítoris; no podía hacer más calor en la cocina ni encendiendo de verdad el horno.

Al borde de alcanzar el orgasmo le di un azote en el culo, provocando que acelerara el ritmo y que, pocos minutos después de mí, me agarrara el culo con ambas manos, sincronizando la fuerza con sus jadeos y el gemido sordo de su orgasmo.

Nos quedamos un rato inmóviles, recuperando el aliento, abrazad@s, entre pequeños besos.

...

— Madre mía… Sí que parece interesante y práctica esa clase artesanal. —dije mientras ambos sonreíamos— ¿Te importa que te acompañe a la siguiente?

— Pues ahora que lo dices…podría ser muy interesante esa clase con tu compañía. Apúntatelo en la agenda, y lleva ropa cómoda. Ya sabes, nunca se sabe qué puede pasar…