Bien entrada la madrugada no logro dormir, doy vueltas en la cama intentando encontrar la postura, pero, a pesar del frío que inunda ya las calles, tengo un inusual calor.

Me levanto y salgo al balcón. La intención es bajar mi temperatura y poder volverme a la cama a descansar, que falta me hace con las largas jornadas de trabajo que llevo últimamente.

Pasan unos minutos y mis ojos van recorriendo las aceras, las luces en el horizonte, las ventanas, los balcones que están encendidos… Pronto uno en concreto llama mi atención, percibo movimiento y me sorprende por lo tarde que es y el frío que hace. Está cerca, en mi mismo bloque, unos pisos más abajo.

Fijo la vista, intentando dilucidar qué ocurre en ese balcón. La curiosidad, diría yo; el voyerismo, dirían otros… Por fin logro discernir las figuras que, con brío y sepulcral silencio, se mueven entre las sombras de la noche. Es una pareja. Al parecer su calor no estaba entre las sábanas solitarias, como el mío; y si lo estaba, lo han sabido airear mejor que yo.

Con algo de vergüenza, pero muchísimo morbo, permanezco inmóvil sin perderme cómo transcurre la escena. Una figura está apoyada contra la barandilla, dando la espalda a la otra que, desde atrás, abraza su cuerpo. Se mueven rítmicamente, con delicadeza dentro de la fogosidad que desprenden. Cualquiera diría que se quedaron atrapad@s y no encontraron mejor forma de entrar en calor. Los cuerpos están tan juntos que cuesta distinguir las formas o qué ocurre en detalle, pero mi imaginación entra en juego y complementa lo que el ojo no es capaz de observar.

El sonido de un leve gemido llega hasta mi balcón, y me enciendo por dentro. El calor de las sábanas ya no es nada comparado con el que me arde deseando unirme a la fiesta de exterior. Sin dejar de mirar, llevo la mano al pezón y empiezo a acariciarlo suavemente, con pequeños pellizcos de vez en cuando. Estar allí abajo sería divertido, pero la distancia le da un punto especial al juego. Me excito pensando que saben que estoy aquí, viéndolo todo, que me dedican los embates, los jadeos ahogados, que se excitan sabiéndome excitada…

Y la otra mano se me va entre las piernas. Sola. Como guiada por la necesidad. Se cuela entre las bragas y separa los labios, notando la humedad que los encharca, la suavidad, el calor, las ganas. Encuentra el clítoris y le dedica un solo. Dulce y calmado al principio, fuerte y rápido después.

Gimo, más alto de lo que debería, y las figuras de abajo paran en seco. Me asusto, pero ahora no puedo parar, ya pensaré en mudarme más tarde.

Distingo dos cabezas mirando hacia arriba, buscando la procedencia del gemido. Me encuentran. Hablan algo que no oigo, se colocan ambas figuras con la espalda apoyada en la barandilla. Veo cómo comienzan a masturbarse ell@s mism@s, con la cabeza elevada, haciendo que nuestras miradas se encuentren en el camino.

La excitación de ver se mezcla con la de ser vista. Me aferro a la barandilla sin dejar de masturbarme, escapándoseme los gemidos cada vez más incontrolados, más altos y más frecuentes. Sus siluetas se mueven con rapidez, incrementando el ritmo, y en el mundo ahora no hay nada más que nuestros respectivos balcones, que parecen arder en deseo, fluidos y orgasmos.

...

Ahora estoy segura de que lograré dormir. Qué gusto a veces esto de vivir en comunidad…