Todo el día esperando una llamada de la empresa de mensajería que perdió mi envío, y tienen que llamar en el mejor momento…

La ropa desperdigada por el suelo de la habitación y nuestros cuerpos fundiéndose en uno con una salvaje dulzura.

Entre Max y yo saltaban chispas desde el primer momento en que nos conocimos, aunque tardamos meses en dejar de intentar silenciar toda esa escandalosa atracción sexual que sentíamos el uno por el otro. Cuando finalmente dimos el paso y nos rendimos a nuestros encantos mutuos, fue apoteósico. Un fin de semana sin salir de casa, recorriendo cada habitación y descubriendo más y mejores juegos para disfrutar de nuestro tiempo juntos.

Después de poco tiempo nos conocíamos a la perfección y sabíamos qué teclas tocar y cuándo hacerlo. Habíamos desarrollado un alto grado de confianza, y ambos compartíamos el gusto por el morbo, por eso no me lo pensé.

Cabalgando sobre Max mi móvil empezó a sonar y lo miré con odio mientras alargaba el brazo. “No lo irás a coger, ¿no?”, me preguntó Max. “Necesito hacerlo, pero tú no pares…”, respondí.

Al otro lado del teléfono una voz masculina con menos personalidad que una mesa intentaba convencerme de que el error no era de su empresa; me costó que me dejara hablar, pero en cuanto comencé me iba volviendo más y más convincente, sin dejar de mover las caderas sobre Max y viendo su cara de incredulidad y picardía. Le debatí todos los puntos que me exponía, claramente era error suyo, ¿por qué iba a pagarlo yo?

En pleno discurso Max me hizo un gesto para que me levantara, y mientras escuchaba la réplica al otro lado del teléfono, no me dio tregua y me apretó contra el espejo, provocando un involuntario gemido al contacto con el frío cristal; e imposible de disimular cuando se vieron aumentados progresivamente con las embestidas de Max. Con la idea de que un desconocido pudiera oírnos mientras él estaba dentro de mí, se excitó más aún.

La conversación cada vez se hacía más difícil, me limitaba a gemir intentando modular entre afirmativos y negativos, pero cada vez parecían más sonidos guturales y mi interlocutor empezaba a verse sobrepasado por la situación, poniéndome en espera con la excusa de consultar con su superior. Max aprovechó para darme caña, sus manos abarcaban todo cuando querían, y donde no llegaban lo hacía su boca o su pene. Estaba cubierta por todas partes y me retorcía de placer con el insufrible hilo musical de fondo.

Me cogió en volandas y me llevó a la cama, dejándome boca abajo. Paseó sus dedos por mi espalda y mi culo, masajeándolo levemente y jugando a meter los dedos más allá. El paseo lo continuó su boca, recorriendo de cuello a nalgas con calma, recreándose con mi sabor y mi respiración agitada. La música de viejo politono salía por el auricular, y era la primera vez que no me molestaba que me hubieran puesto en espera.

Max seguía con lo suyo, ahora con la lengua entre mis glúteos. Agarró mis caderas con las manos y las levantó ligeramente para un mejor acceso a mi profundidad más húmeda; aceleraba el ritmo de su lengua y jugaba con dos dedos sobre mi clítoris, dejándome al borde del abismo orgásmico en varias ocasiones.

Por fin la música cesó y una voz me preguntaba si seguía ahí. Contesté como pude con monosílabos, escuché la resolución de la reclamación por parte del supervisor de la voz anterior informando que finalmente se harían cargo cuando Max introducía un par de dedos en mi ano. El orgasmo me estalló entre los labios, vibrando en mi garganta con un intenso “gracias” prolongado, y dejando a la voz del teléfono en silencio.

“¿Ves? Cuando hacéis las cosas bien, hacéis feliz a la gente hasta hacerlas explotar de placer…”, le dije, “me alegra haberlo solucionado, espero vuestras noticias”, y colgué.

Siempre me quedará la intriga de qué pasó al otro lado del teléfono, si llegó a enterarse el supervisor y la primera voz de lo que pasaba, o si provocó alguna reacción posterior…

...

Sea como sea, Max y yo tenemos un nuevo recuerdo que nos sobreviene cada vez que suena el teléfono.