Movió su mano bajo la manta y se internó buscando acceso a mi piel. Las capas de ropa complicaban su tarea, pero no desistió y logró hallar el camino. Con delicadeza, sus cálidos dedos entraban en mi camiseta, topándose con los pezones erguidos por el frío del trayecto. Un escalofrío me recorrió y puso alerta.

¿Cómo se le había ocurrido meterme mano en el autobús? Nos vería todo el mundo y no habría forma de huir de allí. Tenía miedo, no tanto porque nos pillaran, sino porque me acelerase y no me importara quién o cómo nos viera. Me conozco, y él también, cuando empiezo es difícil pararme.

Con el dedo jugando a retar por turnos a los pezones, movía su otra mano por mi pelo, acariciándolo lentamente, casi meciéndome como si pretendiera así apaciguar las sensaciones que él mismo me provocaba. Iluso.

Era tarde y el trayecto realmente largo. “No vuelvo a viajar en autobús”, le dije la última vez que consiguió convencerme de cruzar la península en uno. Todavía no me explico cómo logró hacerme repetir. Supongo que fue su poder de persuasión y que me lo preguntó mientras me regalaba un brutal orgasmo. En esos momentos no soy capaz de negarle nada.

Mala fortuna que la calefacción se estropeara, pero suerte de la manta que nos dieron y la oscuridad que nos cobijaba. El resto de pasajer@s estaban muy tranquil@s, la mayoría durmiendo o con los sentidos volcados en sus dispositivos. ¿Podré ser discreta? Pensaba cuando mi mano se perdía entre su bragueta y abrazaba con los dedos su erección. Un leve gemido salió de su boca, seguido de otro más fuerte que tuve que silenciar con un profundo beso. Quizá fuera él quien, en esta ocasión, no lograra pasar desapercibido.

Aumenté el ritmo, puede que a modo de castigo por lo del autobús; veríamos si era capaz de disfrutar en absoluto silencio de una masturbación tal como a él le gustaba. ¡Venganza! Me decía mentalmente, sin dejar de estimularle. Notaba cómo se revolvía en la butaca, cómo apretaba mi pezón entre sus dedos como buscando un hilo terrenal al que agarrarse antes de estallar sonoramente. Y paré, en seco.

Su cara de susto y decepción me enternecía; no lo suficiente para dejarle acabar, pero sí para aprovechar la parada nocturna que intuía. 5 minutos después el autobús paró y la conductora dijo en voz más baja que alta: “Parada técnica, en 20 minutos seguimos el trayecto. Pueden bajar a estirar las piernas”.

Tiré de la manta, casi sin dejarle tiempo a colocarse el pantalón, le agarré y lo saqué del autobús. Fuera no había mucho, un área de descanso con apenas unos bancos y una caseta con baños públicos.

Él tiró de mí hacia los baños. Yo tiré de él hacia la parte de atrás de la caseta. Sonrió y me siguió. Mi idea parecía convencerle más.

Me apoyé contra la pared y empecé a bajarme los pantalones lentamente. No pudo resistirlo; me volteó y tiró de ellos fuerte, dejándome desnuda de cintura a tobillos. Se acercó a mí y me susurró “Me encanta que te guste jugar tanto como a mí, pero a ver ahora quién es el escandaloso de l@s dos”, y se deslizó dentro de mí. Mi boca se abría entre gemidos sordos que, pulso a pulso, se volvieron más y más audibles. Me puse la mano sobre la boca, pero era incapaz de retener el placer recibido hecho sonido. “Seguro que nos están oyendo” dije, y aumentó el ritmo con esa sonrisa que pone cuando cree que le reto.

Me temblaban las piernas cuando la cadera comenzó a convulsionarme con un desesperado orgasmo. Agarraba fuerte la pared intentando no caerme, no gemir, no gritar suplicando más… Y cuando abrí los ojos crucé mirada con otro de los pasajeros, quien, intrigado por los extraños ruidos, había ido de expedición. Me sonrió, le sonreí y mi compañero al percatarse me dijo al oído, de la que llevaba sus dedos a mi clítoris, “Pregúntale si en la siguiente parada contamos con él”, y de nuevo me invadió el orgasmo, acompañado ahora del suyo.

...

Puede que viajar en autobús, después de todo, no esté tan mal…