Cuando no llegamos al orgasmo, lo fingimos.

¿Por qué?


De la película Cuando Harry encontró a Sally hay una escena que se nos ha quedado grabada en la memoria. Desayunando en una cafetería, Sally finge un orgasmo para demostrarle a Harry que es muy difícil distinguir un orgasmo real de uno falso. En algún momento quien más quien menos ha fingido un orgasmo o se ha encontrado con alguien que lo ha hecho. El quid de la cuestión es: ¿por qué lo hacemos?

fingir orgasmo

El imperativo orgásmico

Según un estudio de 2019 publicado en Archives of Sexual Behavior, casi el 60% de las participantes, mujeres cisheterosexuales de entre 18 y 94 años, ha fingido alguna vez tener un orgasmo manteniendo relaciones sexuales. Algunos de los motivos principales son para hacer sentir bien a su pareja o para reafirmar que son seres sexuales.

Sin embargo, estos conforman solo la punta del iceberg de un problema mucho más grande llamado el imperativo orgásmico. A pesar de que el nombre suena muy grandilocuente, el concepto es muy sencillo y afecta a todo el mundo. El imperativo orgásmico es la asunción de que todas las personas tienen que llegar al orgasmo cuando tienen relaciones sexuales.

A causa de la liberación sexual, la pornografía y el cine y, sobre todo, de la propia definición del orgasmo (según la RAE, culminación del placer sexual), nuestra percepción del sexo se ha construido sobre la base del orgasmo como elemento esencial e imprescindible. No solo es que el orgasmo tenga que ocurrir para que el sexo sea considerado sexo, sino para que la relación sexual sea considerada buena y exitosa. Es decir, el orgasmo es el sistema de evaluación del placer y se ha convertido en el criterio con el que se mide el éxito tanto del sexo en sí como de la relación. Por eso fingimos orgasmos. 


¿Es necesario llegar al orgasmo?

No, no lo es. Si bien es cierto que no hay que ser naíf, porque todo el mundo quiere experimentar el orgasmo, lo ideal es dejar de asociar los orgasmos con el éxito de una experiencia sexual. En general, esto nos pone mucha presión a la hora de tener relaciones con otra persona y puede acabar derivando en ansiedad.

Al mismo tiempo, nos está alejando del objetivo principal del sexo que, tal como explica Emily Nagoski en el libro Come As You Are, es el placer: “Cuando empieces a sentir frustración durante una relación sexual, recuerda que quien está hablando es un pequeño monitor en tu cabeza que siente que no está progresando hacia la meta del orgasmo. En ese momento, tienes que recordarte que siempre y cuando estés experimentando placer, ya estás en la meta. El orgasmo no es el objetivo. El placer es el objetivo”. 


De la obligación del orgasmo a la negación

Una práctica recurrente dentro de la comunidad del BDSM es la negación del orgasmo. Como su nombre indica, consiste en no dejar que tu pareja sexual llegue al orgasmo bajo ningún concepto, dentro de una dinámica de poder, con el objetivo de intensificar la tensión erótica. Es decir, la persona que adquiere el rol de dominación le prohíbe a la persona sumisa llegar al orgasmo durante un período de tiempo que puede ir desde lo que dure el encuentro sexual hasta días, semanas o meses.

Sin embargo, no hace falta estar en un contexto de dominación con tu pareja para que esto ocurra, una persona puede tomar la decisión de abstenerse del orgasmo ella misma. Esta práctica es una gran herramienta para combatir el imperativo orgásmico porque la recompensa es, precisamente, psicológica en vez de física: tu mente ya no espera que haya un orgasmo, por lo tanto, las expectativas y las presiones o posibles frustraciones desaparecen. Esto supone una gran liberación y, aunque sabes que no va a haber orgasmo, la experiencia es tremendamente placentera, porque todo el foco está en la estimulación, las sensaciones y el placer.

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Si en algún momento hay un reboot de Cuando Harry encontró a Sally, no habrá ninguna excusa para que en la escena de la cafetería, después de fingir el orgasmo, Sally se ponga encima de la mesa y grite: ¡todo es culpa del imperativo orgásmico!